El pánico se auto-regenera con bríos ante la creciente tabla de muertes obra del novato virus de influenza A H1N1. La paranoia encuentra tierra fértil para enterrar sus cápsulas time-released de miedos al prójimo, al ambiente y al sistema. El impacto abarca y modifica el modus operandi de todo sujeto, obligado a continuar su rutina en un local antes familiar y ahora amenazante.
La pandemia representa un estado de urgencia al desarrollo civil, no sólo en su obvia amenaza al bienestar clínico. Todo se vislumbra desde una nueva perspectiva. El Tren Urbano se convierte, de un método alterno de transporte, en una cápsula petri con una parada consecuente en Centro Médico. El vecino con alergias en el ascensor se transforma en el carrier monkey del film Outbreak. El pueblo, por filtración, se auto-impone un derivado de la ley marcial. El terror vende, subyuga y contagia.
Como buenos hijos de crianza de Hollywood, no se puede evitar extrapolar las dudas sobre los orígenes de la pandemia a un escenario influenciado por teorías de conspiración dignas de los agentes Mulder y Scully. Se crea una hipótesis alrededor de un ataque biológico terrorista y el uso simbólico del cerdo como inmundo portador del virus ata su conexión a grupos extremistas islámicos (o judíos para aquellos antisemíticos). También se correlaciona el origen del virus con un ataque táctico por una coalición entre agencias gubernamentales mexicanas y estadounidenses en su guerra contra las drogas dirigido a comunidades financiadas por guerrilleros.
Sin embargo, el planteamiento más resonante es uno más elaborado en su viabilidad globalizada. Una conspiración entre una máquina política, al borde de la extinción con la fuerte propuesta de la nueva administración demócrata por una medicina socializada, e intereses privados de la industria farmacéutica crea de manera artificial el virus y experimenta con él en México. Una vez comprobada su letalidad y los medicamentos necesarios para erradicarlo son identificados comienza la segunda fase. Los medios, en su capacidad informativa, dan a conocer la existencia del virus. En su capacidad incitadora ayudan a mover en el mercado los artículos necesarios para evitarlo. Luego comienza la fase final: individuos afectados por el virus y aquellos con síntomas relacionados a otros padecimientos o hipocondría se conglomeran con pánico en salas de emergencias, donde el nivel de contagio aumenta y consigo las ventas de productos farmacéuticos.
Lo que choca es la conjetura de casualidades en prima causalidad. Las ventas de Roche of Switzerland, farmacéutica responsable del antiviral Tamiflu, aumentaron en un 7,172% en los pasados años; con un exponencial crecimiento desde el 2008 al demostrar su efectividad contra la gripe aviar y porcina. El antiviral es manufacturado en México, donde se reconoce el origen de la pandemia. Roche le compra la patente a Gilead Sciences, del cual el antiguo Secretario de Defensa de la administración Bush-Cheney, Donald Rumsfeld, es principal accionista. Rumsfeld es conocido como mastermind del empleo de armas bacteriológicas en conflictos bélicos. Roche comienza la producción masiva del Tamiflu, el cual mantenía un bajo nivel de ventas ante su inutilidad para el tratamiento de la gripe común, antes del descubrimiento de la gripe porcina. Muchos datos cuestionables, pocas explicaciones coherentes enmudecidas ante la mordaza impuesta por el arma del terror masivo.
Se cuestiona la posibilidad de la ingeniería del virus por los creadores de su antídoto. Se considera la distribución masiva del patógeno a través de aviones de propulsión a chorro. ¿No es cierto que el vapor expulsado es incongruente con la lenta velocidad con que se mueven en el espacio aéreo? ¿Mucho ruido, pocas nueces?
Recuerdo, de manera vaga, mis clases de biología durante el bachillerato donde se comentó que el sistema inmunológico desarrolla anticuerpos para cada invasor patológico con el que hace contacto, con lo que garantiza la inmunidad del individuo ante un segundo ataque. Sin embargo, durante el flu season siempre me acatarro. Se achaca tal factor a la constante mutación de los virus, por lo que cada año nos enfermamos con la gripe prêt-à-porter de la temporada. Pero surge la duda alrededor del origen de las mutaciones, y su posible conexión con la máquina político-farmacéutica de la cual la medicina occidental es esclava. Si somos inmunes al mismo catarro, no hay necesidad de medicarnos.
Una fría lógica abraza este conspiracy theory. Me sorprendo al buscar en el envase de hand sanitizer el logo de Umbrella Corporation. La paranoia es contagiosa. La ignorancia es asesina.
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