
II. Pre-juicios y mentiras
Quizás el asunto pudo haberse disuelto de manera más sencilla y rápida, incluso desde el momento de mi innecesaria captura. Sólo bastaba razonar un poco -sólo un poco- para entender que no representaba amenaza alguna y que todo el proceso sería más inútil que irrelevante; no transformaría a nada sino, pues, a esto. Pero ni modo, fui juzgado según sus capacidades.
Era la primera vez que me pasaba algo así, es decir, todo esto. Por tal, desconocía de todo lo que sucedería y siempre sería una imprevista -e indeseada- sorpresa. No sabía mucho pero sí sabía que cada una de mis palabras sería siempre utilizada en mi contra. Así que hablé poco.
De todos modos, me señalaron como criminal y me llevaron hasta un gran estrado. Allí estaba ella, la Temible (ése era su nombre), sentada en su trono de madera y de mil metros de altura. Todo en ella representaba poder y su palabra dictaba el futuro inmediato de las personas acusadas. Con su voz retumbaban las paredes y estaba seguro que en algún momento me devoraría. Le miraba la mirada y resplandecía furia, como si estuviese endemoniada. En su alrededor había otros demonios, creo que eran ocho, que la acompañaban en su decisión, aunque siempre mantuvieron su silencio.
A mi derecha estaba el que hablaba por mí, mi comentarista legal, ése que intentaría convencerlos de dejarme ir. Al otro lado estaban los que me capturaron, con sus macanas, escopetas y mentiras. El acusado nos indica que no le leyeron los derechos al momento de su captura, rugió la Temible mientras salía fuego de su boca. Mentira, exclamó uno de los que me capturó. El criminal miente, vociferó el otro. Abrí mis ojos y miré los de la Temible. No me los leyeron, le dije en un parpadeo, están mintiendo. Añadí que fui obligado a poner mi huella sobre un papel para exonerarlos de su error; un error que quizás -sólo quizás- podría devolverme la libertad. La Temible miró mi mirada y me entendió. Cállate o te encierro en el calabozo por mil años, ordenó. Y al ver que ya todo estaba perdido, que mi vida estaba sujeta al juicio de ella y que a su capricho sería devorado, imploré por una condena menos tormentosa.
Así que llegamos a un acuerdo: ella me dejaría libre con mil condiciones hasta que me presentara donde la Más Temible, quien decidiría finalmente que pasaría conmigo. Pero antes de dejarme ir, fotografiaron todo mi cuerpo y buscaron todo tipo de marca que me distinguiera. Preguntaron todo tipo de información, indagando en experiencias que eran sólo mías. Decidí pues imitar a los que me capturaron y alterar la verdad para que no supiesen tanto de mí. Dentro de todo, no podía dejar que ellos me dominaran en todo momento.
Como ironía, uno de los que me capturó regresó donde mí al salir del lugar y comenzó a hablarme de mil cosas distintas, como si fuésemos conocidos. Me habló de tantas imbecilidades que lo odié con todas mis fuerzas y hasta deseé por su desaparición. Incluso confirmó que por capturarme lo ascenderían de título. Con razón me capturaste, le dije, es que eres muy inepto. Pero él no entendió.