Repetían la palabra como capaces de entender su significado y cuestioné de inmediato lo que representaría tal palabra para mí. Estaba en un lugar donde no quería estar, en compañía de personas desconocidas, reunidos todos con una sola situación en común. Dos de ellos describían a otro como “ambivalente” y lo que a mí más parecía “resistente” ellos preferían nombrarlo y juzgarlo a su propio modo. Cada cual, pensé en mí, valoriza las palabras según le conviene. Si igual estaba sorprendido por el continuo uso de la palabra como quienes la utilizaban –y el contexto donde era utilizada-, más me asombraba la poca o ninguna reacción de la persona a quién se referían. Y comencé a notar la ambivalencia en todas partes.
La palabra no salía de mi mente y me acompañó por varias horas. Había veces que la confundía con “ambigüedad” y pude relacionarlas con su aparente sinonimia (aunque los lingüistas discutan de la existencia o inexistencia del término). Parecía que ambas palabras eran como el frío o el calor, plenos estados personales registrados como grados mentales que varían según el individuo. En ocasiones creía entender completa y detalladamente los significados pero mientras más me acercaba a una conclusión en específico más se aparecían otras que me hacían volver al principio, cuando escuche la palabra.
Decidí estudiar algunas situaciones comunes y cotidianas que funcionarían de ejemplo para facilitar la identificación de la ambivalencia. Conducía mientras pensaba en todo esto y me era pertinente virar a la derecha; una señora cedió el paso y con su rostro de molestia me indicó que avanzara. Le agradecí de todas maneras por su tiempo y espacio porque sin duda alguna llegaría tres segundos tarde a su destino y ahora yo ocupaba su lugar. Cuestioné, ¿ambivalencia en su comportamiento? Pude identificar los dos opuestos en su condición, el lado solidario de otorgarme su espacio y su molestia por habérmelo cedido. Pero, ¿por qué me lo permitió si al final se molestaría tanto conmigo como con sí misma? Ambivalencia segura, concluí en esas bases y con la situación como su fundamento.
Pasé por el lugar de la huelga y la ambivalencia se presentó por todas partes. No sólo se evidenciaba en ese preciso lugar, sino se maximizaba a niveles históricos de carácter social y político. Pude identificar la complejidad de la situación que trascendía de otros marcos en tiempo y espacio distinto. Esto no es nada nuevo, dije para mí, y seguirá pasando. Observé a los que trabajan como policías y los contrasté con los que llaman huelguistas, o activistas.
Cada cual, en su rol aprendido, mantenía su distancia, unos con macanas y los otros con pancartas y comida de perro. Pero mi imaginación afectó las observaciones y vi al jefe de esta tribu, conocido como gobernador, que igual se distanciaba de ofrecer alguna respuesta justa y pacífica para finalizar con esta huelga que, sea cual sea la opinión de todos los bandos, trata de la única cadena de instituciones educativas públicas de la nación; y es obligación del gobierno, de éste y los demás, ofrecer a todos los habitantes los recursos necesarios que garanticen la educación a muy bajo, o ningún costo.
Llegué a pensar que me alejaba de las observaciones en cuanto a la ambivalencia cuando noté que la mayoría de las decisiones (influidas por los intereses peculiares) del gobierno es tan ambivalente como ambigua y comencé a construir combinaciones de palabras, tales como “ambivalencia selectiva” y “ambigüedad gubernamental” y “capacidad capitalista”. Me alejé del lugar de la huelga, por temor a mis pensamientos.
Terminé con mis observaciones de manera drástica y continué conduciendo como si nada hubiese pasado. De todas maneras, decidí al menos ofrecerme algún argumento final en torno a la ambivalencia y concluí que describir a alguien como “ambivalente” es una abominación; se podría mencionar que alguna acción y/o comportamiento muestra ambivalencia (o ambigüedad, según sea el caso) pero enjuiciar a una persona dentro de los parámetros de la palabra es encerrarla a un tipo de prisión semántica, donde el carácter crítico y propio no es estimado.