
Tal parece que la interpretación de los diferentes eventos naturales ha recibido cierta conexión con la mitología antes de poder ser analizados y explicados en su realidad. Esta aparente peculiaridad humana –es decir, observar un acontecimiento natural en plena ignorancia de lo sucedido y atribuirle significado místico- ha sido observada desde las primeras civilizaciones; en otra época un amanecer no sólo representaba el movimiento natural del cosmos, sino envolvía historias de contenido fantástico, transmitidas de generación en generación. En ocasiones, la ignorancia puede ser vinculada a la inocencia y no se logra daño alguno mientras todos piensen por igual.
Sin embargo, ya cuando el evento natural es conocido y entendido a plenitud y se propaga la visión mística -como verdadera y única explicación del acontecimiento- la realidad comienza a perder su singularidad, al afectar de manera conciente e injusta al conocimiento de la humanidad. Los antiguos egipcios combinaron la explicación del movimiento de los grandes cuerpos del Universo a historias de carácter mágico; quizás en su presente fue así necesario para entenderlo o tal vez jugaron con su imaginación para otorgarle cierta personalidad.
Creyeron del Sol como un dios supremo y los astros sirvieron como un tipo de reloj primitivo, al ayudar a descifrar los fenómenos del planeta. El dios Sol fue conocido como Horus y su vida fue desarrollada como una historia o un cuento, al ser personificado como un humano de origen, en su pureza, astral. Su nacimiento y muerte funcionaron en paralelismos al movimiento del Sol visto desde la Tierra, al coincidir con el invierno y su secuencia de eventos. Asimismo, la historia incluyó sus acciones, su reglamento y sus enseñanzas divinas; Horus fue seguido y exaltado.
Esta historia fue difundida, de alguna forma, a nivel global y las diferentes civilizaciones en épocas distintas la adoptaron y adaptaron según su necesidad, al afectar su contexto social, político y hasta económico. Esta difusión en forma de plagio parafraseado logró el control en la mentalidad (la psicológico-espiritual) de los habitantes de las naciones y lo que en un principio resultó ser un cuento mitológico evolucionó hasta convertirse en un establecido incuestionable llamado religión, al evocar su nombramiento como institución-reglamento.
Es evidente que las denominadas religiones han obtenido el control casi total de sus seguidores y exaltadores (y del mundo en general) desde la antigüedad hasta la época corriente. No habría problema alguno si fuesen religiones que van a favor de la naturaleza humana, pero han resultado punitivas, discriminantes, separatistas, autoritarias y controladoras; al ignorar su verdad, es decir, el no ser más que un cuento de magia y que su efecto en el mundo, al entender que su mensaje se caracteriza por la alteración a la verdad y a la realidad –como la fantasía-, ha sido devastador.
Por sus conexiones a orígenes de carácter mitológico, las religiones en general carecen de fundamentos lógicos y reales, al otorgar permiso al humano a cuestionar su contenido y evaluarlo de forma crítica y científica para así determinar su veracidad –o falta de ella. Aún no se ha podido demostrar, ni en menor o mayor grado, la existencia de las deidades que las religiones ponen como líderes supremos y que a su vez degradan a todo ser humano, al convertirlos en manejables seguidores de ideas contradictorias: la mayoría religiosa profetiza un “amor” por todos los seres humanos mientras ignora, condena y castiga su naturaleza.
La realidad asimismo queda distorsionada y se torna rutinaria y sin sentido; hay que complacer a los dioses en todo momento para que la vida humana tenga propósito. Los humanos y su capacidad intelectual quedan minimizados a cualquier relación animal y los dioses son más importantes que cualquier otra cosa. Después de todo, de manera obligatoria deben amar a su dios sobre todas las cosas. Como cualquier superstición, las religiones se enfocan en el típico estereotipo de causa y efecto, es decir, cualquier actividad humana tendrá sus repercusiones negativas, como si rompiese un espejo y de manera inmediata quedara plasmada la mala suerte.
Sin embargo, llevan a la exagerada condena la mayoría de las actividades humanas -naturales- para así obtener control sobre ellos, de su cuerpo físico y mental. Además, no sólo las religiones condenan su existencia mientras viven, van más allá y declaran una vida espiritual después de la muerte física, también sujeta al reglamento divino. El humano queda entonces suprimido en eternidad a unas leyes religiosas, al adquirir temor a su propia naturaleza y desarrollar un sentimiento de competencia: quien más complazca a los seres divinos (inexistentes) obtendrá la salvación.
Pero, ¿salvación de qué? Si se toma la historia de las religiones con sus fundamentos mitológicos carentes de lógica y razón, sus postulados fantásticos (de fantasía) y leyes inhumanas, quedaría de manera fácil definido que con la muerte el humano obtiene la verdadera liberación de la religión misma. De manera triste, el humano dedica toda su actividad para llevar a cabo las visiones de las deidades y espera su muerte para gozar de la vana promesa de la eternidad espiritual.
Las religiones, con sus tantísimas denominaciones, han alterado el comportamiento de las sociedades y han promovido la separación entre personas de ideas distintas. No se habla de individuos religiosos; sino de, por ejemplo, cristianos, judíos y musulmanes, al tomar a todos por separado y mantener la distinción entre los mismos.
La meta de la vida social igualitaria queda olvidada y se generan polémicas mundiales por creencias religiosas y, al igual que en una guerra, los creyentes siguen el ideal -convertido ya en capricho económico y político- de sus líderes. No cabe duda, esos jefes funcionan como excelentes oradores y utilizan todos los medios posibles para propagar sus condenaciones; han tomado control del mundo de manera injusta, como si el humano fuese una insignificante pieza en un juego que deben ganar.
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