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Reaccioné de manera sombría ante la noticia publicada en un diario local. Informaba del efecto negativo que ha causado la película Avatar en el estado de ánimo de algunas personas. Los individuos estudiados, ya con síntomas de depresión, coincidían en que deseaban vivir en un lugar como el presentado en la película, la luna Pandora, y al entender la imposibilidad de su sueño se entristecían. Reaccioné de esta manera a la noticia porque esta respuesta era esperada.
Las características físicas de Pandora, aunque muy en semejanza con las del planeta Tierra, resultan novedosas y hasta sensuales, exaltando el sentido visual. Presentan organismos cuasi perfectos y, no obstante parecen primitivos, demuestran una avanzada actividad biológica, psicológica y social. Pandora es una luna de luces nocturnas naturales, de balanceado entendimiento entre los organismos y de ninguna razón.
Y no hay razón en que la película que ha generado mayor ingreso por la venta taquillera se desarrolle en otro planeta, con las mismas o parecidas características humanas de la Tierra. En su fin entretenedor, la película logra uno de sus propósitos. Luego de aproximadas tres horas de imágenes computarizadas, no queda más que aceptar lo visualmente expuesto.
Los diálogos existencialistas entre los personajes recuerdan al proceso de toma de consciencia de un niño, desde sus etapas iniciales de ingenuidad hasta la adquisición y uso del conocimiento. Además, emulan el uso de valores emocionales y se muestran afectados por sus sentimientos. Su estructura social es claramente patriarcal, se organizan los matrimonios entre sus miembros y cada uno aparenta tener una función en específico. Practican una complicada versión de monoteísmo, que va unido o conectado a cada organismo; se alude “el sentir” en vez de “el pensar” y se establece una relación entre el instinto, el misticismo y la tradición. Los habitantes de Pandora no cuestionan, simplemente sienten, saben y actúan. En fin, las características de esta sociedad describen la más añorada utopía, una de felicidad y entendimiento eterno.
Realmente las situaciones, expresiones e incluso las creencias expuestas en este largometraje son comunes y funcionan como una sinopsis global del comportamiento esperado de cualquier humano, y su sociedad/cultura, en una función en específico. Sin cuestionar la creatividad artística de sus autores, el filme redunda en la utilización de antiguos modelos sociales, políticos y económicos, que de ninguna forma son compatibles con la realidad actual. Es una película de fantasía, Disney a su máxima y libre expresión.
Por otra parte, presentan a la mayoría de los humanos como insensibles y capitalistas, capaces de conquistar y destruir, con sus armas de guerra, sólo para realizar su objetivo de carácter económico. Se degrada asimismo el propósito investigativo de la ciencia, haciendo énfasis en que estos estudios son financiados por la propia actividad militar, que a su vez controla, y es controlada, por la actividad económica. ¿Es acaso esta la visión general de la raza humana y su historia? ¿Es necesaria entonces la creación de lugares como Pandora para que el humano desarrolle nuevamente la consciencia sobre sus actos?
James Cameron y su grupo han resuelto tales preguntas, ambas contestadas con un incuestionable “sí”. La película se desarrolla en el año 2154 y predice como sería el comportamiento del humano si se encontrara en alguna situación similar. En uno de los diálogos se conoce que ya la Tierra había perdido su verdor, donde el humano era el acusado y que haría lo mismo en otras partes del Universo. Finalmente, el humano es expulsado de Pandora dando por demostrado que sólo aquel que entienda las leyes básicas de supervivencia y de respeto a la vida en general merecerá formar parte de su sociedad. Así que, sugerido a aquellos individuos depresivos, no se entristezcan porque no pueden vivir en un lugar como Pandora, sino disciernan en cómo hacer de ese paraíso fantasioso una meta posible de esta realidad.
Ilustración por Fernando Amilcar Morales López
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